El tabaco me gusta solo en algunos besos

Lo que tardaba ese colectivo era infernal y proporcional al frío que hiciese. Salvo esa vez.
Esa tarde Rodrigo venía a mi casa para hacer juntos un trabajo práctico que ya no podíamos estirar más. Mi brazo derecho colgaba del caño congelado del bondi, sostenía en un equilibrio resignado todo el peso de mi cuerpo agotado de escuchar los relatos de mi compañero hablando de su novia, rozando lo poco de piel a la intemperie entre el puño de mi campera y mi guante sin dedos con el metal. Ese frío tajante me servía para concentrarme en algo más que mi falsa empatía todooídos frente a su indisimulable, monogámica e infantil manera de hacerme enterar, por vez decimocuarta, la existencia de su chica. Ja! Como si eso cortara la tensión entre nosotros. En cambio yo, había adoptado una postura de amigopibito y también le contaba mis aburridas secuencias amorosas, repartidas en más personas y menor intensidad.
Yo no sé si Rodri, un año menor que yo, era consciente de su belleza, cuando la risa desplomaba sus inseguridades y me acercaba el único olor a tabaco que en mi vida disfruté, en una sonrisa perfecta que contraía sus labios heridos por el invierno. No puedo negar que su voz gruesa y sus inteligentes acotaciones en las materias sociales eran mi único incentivo para ir a militar la educación pública matancera. Desde el primer día llamó mi atención, en esas detestables presentaciones (una por docente, fuera de joda habrán sido por lo menos seis), en una habló de su banda, en otra que sacaba fotos, en otra solamente dijo me llamo Rodrigo. Por momentos todo parecía chuparle bien un huevo y la sangre rebelde de sus venas se diluía en un mirar oscuro, inerte e indómito.
El caso es que, yo ya vivía sola, y no a causa de una emancipación divina, sino por "problemática", con mis vicios y contradicciones adolescentes.
El cielo acaecía y preparé el mate, sin saber que la bombilla plana, fundamentalista, perfectamente ubicada en la montaña de yerba no contaría con la suerte de tocar su boca.
Rodri acomodó prolijo su mochila, en un rinconcito del poco suelo que quedaba de mi diminuto pero hogareño espacio, como si no quisiera corromper con el fenshui barato pero corazonado que estaba esperándolo, y se quejó del dolor de espalda. Claro, no quiso husmear el resto de la casa, que era solo mi habitación y un baño. Qué pibe raro. Me había contado en alguna otra ocasión que tenia fibromialgia y yo guglié y me compadecí. Era un pibe conflictuado, conflictivo y con las manos siempre congeladas y eso me parecía sexy.
Le dije que podía hacer masajes, que solía hacerle a mi mamá y eso la calmaba. Y era en serio. Tengo fuerza en los dedos y buenas intenciones. Y el contestó que tenía porro, como siempre que se sentía perdido.
- ¿Y el trabajo?- Me hice la preocupada
- Pega tranqui, hasta nos va a inspirar. -Y rió. -¿Se puede fumar adentro?
Tan educado siempre en contraste de su no buscado look de flaco rockerito desafiante.
Se sentó a mi lado, en el falso sillón, que era otra cama de una plaza con una frazada gruesa y dos almohadones lindos pero rellenos de cubos torpes de gomaespuma que nunca cambié por verdadero vellón. Se sentó jocoso y me dio la espalda, y tarde unos segundos en entender... que estaba accediendo a mis masajes.
- En realidad deberías estar acostado y sin buzo...
Terminé de decir la oración y realmente no sé en qué carajo estaba pensando y quería que la tierra, maldita tierra sin filtros en mi cabeza, me tragara. Pero como soy muy rápida y no pude ver su cara, proseguí.
-... pero evitemos la secuencia porno e incomodarte más.
Giró su cabeza con el pucho en la boca y solo me miró, con el rostro ya ojeroso de marihuana. No pude decodificar esa expresión, era nueva para mí, la incómoda era yo. Se sacó el buzo y con el salió también su remera, impregnando el momento de olor, su olor, a su desodorante y su piel, ahora tan nítido y preciso, eso me drogó más que cualquier seca. Pero pude darme cuenta que fue contra su voluntad tanto desnudo, realmente, hacía frío.
En ese momento me abstraje, sin poder creer lo que sucedía y quise mandarle un mensaje a alguna amiga "Che, viste Rodri? está acá, medio en bolas en mi cama." ¿Lo estaba cosificando? Creo que sí, pensaba que mi gusto contrahegemónico me amparaba de esas cosas.
La única luz, era la de las calles ya nocturnas que entraba por la ventana, la de la pantalla de la compu inactiva y la del cigarrillo encendido que nos pasábamos como elemento distractor para minimizar lo que estaba sucediendo, que básicamente era: mis manos recorriendo su lampiña y suave piel.
Me cago en dios, tiene un tatuaje. Pensé, por suerte eso no se me escapó, el ya era arte corporal desde antes del hallazgo. No quise hacerle ninguna pregunta estúpida y predecible sobre ese animal fantástico con alas. El porro se apagó entre sus dedos y yo seguí con mi tarea en silencio. Si me levantaba a poner música quizás me despertaba de eso que parecía un sueño. Pulsé mis dedos contra sus músculos, evitando la columna como se debe, desparramando los nudos accesibles de su cuerpo delgado, recorriendo las cadenas musculares, un trabajo serio, realmente serio, donde equilibré descontractura con relajación. El, mudo. Yo, romantizando la sombra de mi pelo ondulado en el lienzo de su espalda hermosa. Quería abrazarlo y rozar su cuello con mi nariz. Ya estaba un poco loca y se me cruzaban cosas sin sentido por la mente como querer escribir con mi dedo en su piel "podría enarmorarme de vos tranquilamente, ahora mismo", pero el no podría leerlo porque estamos al revés, debería escribirlo en espejo.
No pude más. Dejé de presionar y comencé a acariciarlo con mis uñas desprolijas, y el giró acercándose con la lentitud del aire, pero esta vez con todo su torso, los ojos llorosos y la boca vacía, y con un hilo de su grave voz, a una distancia ya cíclope, me pidió que lo bese, para que la culpa sea toda mía.

Equinoccio sensorial


las hojas
suicidadas
caen
desnudan al árbol
con una sutil ingravidez
digna de
pétalos o pigmentación mariposa
pero son la sequía
amarilla
crocante
silenciando las calles
con su viento manso
más que viento, un aliento
arenilloso, fractal
solar
delicioso


Andate

no lo pude evitar

ya estás en todas partes

relincho con voces

y gestos inhumanos

del cuello para arriba

a ver si te vas

prendo sahumerios

abro ventanas

y sin querer

te armo un altar

Frío culiado


Esta mañana
tragué el café
por el esternón
aplanando
un incendio rancio
de humo plateado
me encontré
encorsetada
a una cama
tan gigante y prolija
que me dio miedo
la hice
para no ver más
la falta de revuelo
a veces
la soledad
me ridiculiza
y ni siquiera sé ante quién



Muerte al tabú

El éxtasis
boquiabierto
el vapor oscuro
en mis párpados
la explosión
del roce
entre lo tácito y lo explícito
el mejor poema
lo escribe mi yema mayor
sobre la intersección
de mis piernas mandibuleando
la facilidad
de concederme este placer
sin estímulos
ni ocasión especial
para amarme
como solo 
yo sé.

s/t

En cualquier jaula es posible
algo de movimiento.
Añorar su antítesis...
esclavxs, amadores, observadores
de los detallesprotagónicos
que gracias a la luz
violentan y sacuden
el karma material.

Bo

Sus fotos no eran capturas,
ni vanidad.
Eran ojos
anónimos,
enamorados del mar...
de aquello minúsculo
o insondable.
Sus fotos,
pausa atónita de lo impronunciable.
Eran
Son
el link que hoy me lleva al silencio.

Brisa y silencio.

Mi pulso se diluye capaz de revivir lo olvidable.

Acuerdo

Todo
lo bueno
es único
en su especie.


O en su frasco.

El vino,
las flores,
el café,

este momento.

Memoria selectiva asintomática

En un antro de la asquerosa San Telmo
un poeta borracho,
que es lo mismo que decir poeta,
esbozaba improvisaciones
entre las ventanas de sus dientes.
De esa poesía cruda y performática
que opaca su propio contenido,
pero no importa
porque el acontecimiento artístico
es el mismo énfasis y coraje
de cachetearnos con una muestra gratis
de palpable y escalofriante presente.
Y esos modos, incomprensiblemente
teñían mi subjetividad hambrienta
de paisaje conurbano,
casas bajas,
gris y verde.
¿La belleza de lo emergente?
Domingo temprano
sentada en el Sarmiento
el combustible parecía hecho de sol
y mis auriculares hacían bailar
mi conciente suerte de pudiente.
Constitución - Luzuriaga
la distancia a la casa de mi infancia
las pastas de mi vieja
y los asados que ya no como de papá.
Temprana la tarde
ensayábamos canciones,
Ramos Mejía trasmano,
un abrazo resacoso con Tito.
Yo ponía la pava
como si hubiéramos dormido juntos
y eso a el lo despertaba.
El amor de su mamá
que es la mamá de todo el mundo.
Saludaba y nos dejaba
con las endorfinas al cien:
No hay nada más hermoso
que ese ensamble
de gustos y pertenencias
que llamamos música y amistad.
Llegaba de noche
con el hombro malherido
de pasear la guitarra
de acá para allá.
Cargaba el celular
y respondía el guasap
"Yo también quiero verte.
Martes? dale."
Comía algo rápido
para aprontarme a descansar.
No había mucho tiempo
porque el tiempo
era de la libertad.

Memoria selectiva en cuarentena.

decepciòn

 estás decepcionadx por sentirte atraídx por alguien como yo estoy decepcionada por amar a alguien que piensa así de mí